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3.4. Un feminismo desde América Latina

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    Domitila_Barrios, pintura original de Mauro GiraldoDomitila Barrios Cuenca de Chungara (Bolivia, 1937-2012) fue una activista por los derechos laborales de los trabajadores en su país, especialmente los mineros. Tuvo un papel fundamental en la organización de mujeres y familias para hacerse oír en medio de dictaduras y reducciones salariales para el sector minero durante las décadas de 1960 a 1980. Obtuvo fama internacional por su participación en la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer (México, 1975), y por la publicación del libro Si me permiten hablar... (1977), en el que la socióloga brasileña Moema Viezzer recoge los testimonios de Domitila sobre su vida, ideales y activismo. Fue candidata a la vicepresidencia en Bolivia y dedicó los últimos años de su vida a la formación política de personas de la clase obrera. Fue condecorada póstumamente con El Condor de los Andes, la máxima distinción que otorga el Estado boliviano. Domitila sostenía que la lucha de las mujeres por igualdad de derechos, acceso a la educación y trabajo digno debía dirigirse a combatir la dominación económica, política y cultural de los pueblos.
    [Rostro de Domitila Barrios, pintura original de Mauricio Giraldo]


    Un debate al interior del feminismo


    Manuela_Sáenz-Orden-El-Sol.jpeg      Leeremos ahora pasajes de la segunda parte del libro Si me permiten hablar... Testimonio de Domitila, una mujer de las minas de Bolivia, que narran las experiencias de Domitila, como latinoamericana de clase de obrera, en la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer que organizó la Organización de las Naciones Unidas en México en 1975, como parte del Año Internacional de la Mujer. Fue un debate muy interesante, pues se conecta con el desarrollo del pensamiento feminista hacia el reconocimiento de que es inexacto hablar de "la mujer" como un concepto universal, y en cambio es importante situarlo en la pluralidad de "las mujeres" en diferentes contextos históricos, geográficos, sociales, culturales, políticos, sexuales, raciales, etc.
    [Imagen de Manuela Sáenz al recibir la Orden El Sol en Perú, en 1821. Cortesía de Wikipedia]

    Mientras lees, pon atención a las diferentes actitudes frente a la agenda feminista que se presentan en el texto.
    → Recuerda consultar un buen diccionario.
    ¡Puedes continuar a creando tu propio banco de vocabulario con las palabras que te parezcan más útiles!


    Al llegar a México, me impresionó que había un montón de jóvenes que hablaban todos los idiomas para recibir a las personas que llegábamos. Y preguntaban quiénes venían a la Conferencia del Año Internacional de la Mujer. Nos facilitaron todo en la aduana. Después fui a un hotel que me indicaron. En Bolivia yo había leído en los periódicos que para el Año Internacional de la Mujer habría dos lugares: uno que era la “Conferencia” para las representantes oficiales de los gobiernos de todos los países. Otro que era la “Tribuna”, para las representantes de los organismos no gubernamentales. El gobierno boliviano mandó sus delegadas para la Conferencia. Y ellas viajaron con bombos y platillos, diciendo que en Bolivia, como en ningún otro lugar, la mujer había alcanzado la igualdad con el varón. Y llegaron a la Conferencia para decir esto. Yo fui la única boliviana invitada para la Tribuna. Allí encontré otras compañeras bolivianas, pero que estaban radicadas en México. Entonces, yo tenía esa idea de que habría dos grupos: uno, a nivel gubernamental, donde estarían esas señoras de clase alta; y el otro, a nivel no gubernamental, donde estaría gente como yo, con problemas similares, gente así, humilde. Era toda una ilusión para mí.

    ¡Caramba! –me decía yo–, me voy a encontrar con campesinas y obreras de todo el mundo. Todas allí van a ser como nosotras, gente oprimida y perseguida. Según decía el periódico, yo pensaba esto, ¿no? En el hotel me hice amiga de una ecuatoriana y con ella me fui al local de la Tribuna. Pero solamente pude ir el lunes. Las sesiones ya habían empezado el viernes. Entramos a un salón muy grande, donde había unas cuatrocientas o quinientas mujeres. La ecuatoriana me dijo:
    —Venga, venga, compañera. Aquí es donde se tratan los problemas más candentes de la mujer. Entonces, aquí es donde debemos hacer escuchar nuestra voz.
    Ya no había asientos. Entonces, en el graderío nos sentamos. Estábamos bien entusiastas: a ver qué piensan tantas mujeres, qué dicen del Año Internacional de la Mujer, cuáles son los problemas que más las ocupan. Era mi primera experiencia y yo me imaginaba escuchar un cierto número de cosas que me harían progresar en la vida, en la lucha, en mi trabajo ¿no? Bueno, en ese momento se acercó al micrófono una gringa con su cabellera bien rubia y con unas cosas por aquí por el cuello, las manos al bolsillo, y dijo a la asamblea:
    —Simplemente he pedido el micrófono para decirles mi experiencia. Que a nosotras, los hombres nos deben dar mil y una medallas porque nosotras, las prostitutas, tenemos el coraje de acostarnos con tantos hombres.
    —¡Bravo!... —gritaron muchas. Y palmas.
    Bueno, con mi compañera nos salimos de allí, porque allí estaban reunidas cientos de prostitutas para tratar de sus problemas. Y nos fuimos a otro local. Allí estaban las lesbianas. Y allí también, su discusión era “que ellas se sienten felices y orgullosas de amar a otra mujer... que deben pelear por sus derechos”... Y así. No eran esos mis intereses. Y para mí era una cosa incomprensible que se gastara tanta plata para discutir en la Tribuna esas cosas. Porque yo había dejado a mi compañero con siete hijos y teniendo él que trabajar cada día en la mina. Había salido de mi país para hacer conocer lo que es mi patria, lo que sufre, que en Bolivia no se cumple con la carta magna de las Naciones Unidas. Yo quería hacer conocer todo esto y escuchar lo que me decían de los otros países explotados y los otros grupos que ya se han liberado. ¿Y toparme con esta otra suerte de problemas?... Me sentía un tanto perdida. En otros salones, algunas se paraban y decían: el verdugo es el hombre... el hombre es el que crea guerras, el hombre es el que crea armas nucleares, el hombre es el que pega a la mujer [...].

    Esa era la mentalidad y la preocupación de varios grupos y para mí eso fue un choque bien fuerte. Hablábamos lenguajes muy distintos, ¿no? Y esto volvía difícil el trabajo en la Tribuna. Además, había mucho control de los micrófonos. Entonces nos unimos un grupo de latinoamericanas y volcamos todo aquello. Y dimos a conocer nuestros problemas comunes, en qué consistía nuestra promoción, cómo vive la mayor parte de las mujeres. También dijimos que, para nosotras, el trabajo primero y principal no consiste en pelearnos con nuestros compañeros, sino cambiar juntos el sistema en que vivimos por otro en que hombres y mujeres tengamos derecho a la vida, al trabajo, a la organización. [...] Les dije yo: “ustedes tienen que comprender que nosotras no vemos ninguna solución a nuestros problemas mientras no se cambie el sistema capitalista en que vivimos”. Muchas de aquellas mujeres me dijeron que recién empezaban a comprenderme. Varias de ellas lloraban. El día en que hablaron las mujeres contra el imperialismo, yo también hablé. E hice ver cómo nosotros vivimos totalmente dependientes de los extranjeros para todo, cómo nos imponen todo lo que quieren, tanto económicamente como también del punto de vista cultural.

    En la Tribuna aprendí mucho. Y en primer lugar, aprendí a valorar más la sabiduría de mi pueblo. Allí, cada cual que se presentaba al micrófono decía: “Yo soy licenciada, represento a tal organización”. “Yo soy maestra”, “yo soy abogada”, “periodista”, decía otra. Y empezaba a dar su opinión. Entonces yo me decía: “Y yo... ¿cómo me voy a meter?” Y me sentía un poco acobardada. E incluso no me animaba a hablar. Cuando por primera vez me presenté al micrófono frente a tantos títulos, como cenicienta me presenté y dije: “Bueno, yo soy la esposa de un trabajador minero de Bolivia”. Con temor, todavía, ¿no? Y me animé a plantear los problemas que estaban siendo discutidos ahí, porque esa era mi obligación, para que todo el mundo nos escuchara a través de la Tribuna.

    Esto me llevó a tener una discusión con Betty Friedman, que es la gran líder feminista de Estados Unidos. Ella y su grupo habían propuesto algunos puntos para el “plan mundial de acción” y nos invitó a seguirla. Pidió que nosotras dejáramos nuestra “actividad belicista”, que estábamos siendo “manejadas por los hombres”, que pensábamos “solamente en política”, “como hace la delegación boliviana, por ejemplo”, dijo ella. Entonces yo pedí la palabra, pero no me la dieron. Y bueno, yo me paré y dije:
    —Perdonen ustedes que esta Tribuna yo la convierta en un mercado. Pero fui mencionada y tengo que defenderme. Miren que he sido invitada a la Tribuna para hablar sobre los derechos de la mujer y en la invitación que me mandaron estaba también el documento aprobado por las Naciones Unidas y que es su carta magna, donde se reconoce a la mujer el derecho a participar, a organizarse. Y Bolivia firmó esta carta, pero en la realidad no la aplica sino a la burguesía.
    Y así, seguía yo exponiendo que era necesario abordar algunos problemas que son fundamentales para nosotras, las latinoamericanas. Y una señora, que era la presidente de una delegación mexicana, se acercó a mí. Y me decía:
    —Hablaremos de nosotras, señora... Nosotras somos mujeres. Por un momento, olvídese de las masacres. Ya hemos hablado bastante de esto. Ya la hemos escuchado bastante. Hablaremos de nosotras... de usted y de mí... de la mujer, pues.
    Entonces le dije:
    —Muy bien, hablaremos de las dos. Pero, si me permite, voy a empezar. Señora, hace una semana que yo la conozco a usted. Cada mañana usted llega con un traje diferente; y sin embargo, yo no. [...] Y estoy segura de que usted vive en una vivienda bien elegante, en un barrio también elegante, ¿no? Pero nosotras, las mujeres de los mineros, tenemos solamente una pequeña vivienda prestada y cuando se muere nuestro esposo o se enferma o lo retiran de la empresa, tenemos noventa días para abandonar la vivienda y estamos en la calle. Ahora, señora, dígame: ¿tiene usted algo semejante a mi situación? ¿Tengo yo algo semejante a la situación de usted? Entonces, ¿de qué igualdad vamos a hablar entre nosotras? Nosotras no podemos, en este momento, ser iguales, aun como mujeres, ¿no le parece?

    [...] Les hice ver que ellas no viven en el mundo que es el nuestro. Les hice ver que en Bolivia no se respetan los derechos humanos y se aplica lo que nosotros llamamos “la ley del embudo”: ancho para algunos, angosto para otros. Que aquellas damas que aplauden al gobierno tienen toda su garantía, pero a las mujeres como nosotras, amas de casa, que nos organizamos para alzar a nuestros pueblos, nos apalean, nos persiguen. Todas esas cosas ellas no veían. No veían el sufrimiento de mi pueblo. No veían cómo nuestros compañeros están arrojando sus pulmones en charcos de sangre. No veían cómo nuestros hijos son desnutridos. Y claro, que ellas no sabían, como nosotras, lo que es levantarse a las cuatro de la mañana y acostarse a las 11 o 12 de la noche, solamente para dar cuenta del quehacer doméstico.
    —Ustedes —les dije— ¿qué van a saber de todo eso? Y entonces, para ustedes, la solución está en que hay que pelearle al hombre. Y ya, listo. Pero para nosotras no, no está en eso la principal solución.
    Cuando terminé de decir todo aquello, más bien impulsada por la rabia que tenía, me bajé. Y muchas mujeres vinieron tras de mí a la salida. Muchas estaban felices y me dijeron que yo debía representar a las latinoamericanas en la Tribuna. Yo me sentí avergonzada al pensar que no había sabido valorar suficientemente la sabiduría del pueblo. Porque, mire: yo que no había cursado universidad, ni al colegio siquiera había podido ir, yo que no era ni maestra, ni licenciada, ni abogada, ni catedrática... ¿Qué había hecho yo en la Tribuna? Lo que había hablado era solamente lo que había escuchado de mi pueblo desde la cuna, y veía que la experiencia del pueblo era la mejor escuela. Lo que aprendí de la vida del pueblo fue la mejor enseñanza. Y lloré al pensar: ¡cómo es grande mi pueblo!
    (p. 161-167)

     


    Conversemos sobre este pasaje


    Conversación

    Conversemos sobre esta parte del libro. Comenta pasajes específicos que sustenten tus opiniones. Aquí tienes algunas preguntas para inspirarte:

    1. Comenta la estructura del evento: una Conferencia y una Tribuna. ¿Qué tipo de personas asistía a cada tipo de foro? ¿Qué contrastes había entre los dos?
    2. ¿Por qué se sintió confundida Domitila durante las primeras sesiones a las que asistió? ¿En qué fue diferente de lo que esperaba encontrar?
    3. ¿Por qué se sintió intimidada Domitila para hablar en la Tribuna? ¿Por qué se siente inferior? ¿Qué fue lo que finalmente la hizo decidirse a hablar?
    4. ¿Qué diferencia de opinión hubo entre las latinoamericanas y las estadounidenses? Comenta las observaciones de Domitila y tu posición al respecto.
    5. Al final, ¿qué reflexiones se hace Domitila sobre su autoridad para hablar? ¿Qué aprendió a valorar?
    6. ¿Has vivido situaciones comparables a la que describe este pasaje, en que sientes que muchas personas saben más que tú? ¿Qué piensas de la actitud de Domitila al encontrar motivación en algo más grande que ella misma, en su familia, en su pueblo? Comenta alguna experiencia de este tipo, sea de tu vida o de tus lecturas, películas, personas conocidas, etc.

     


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