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Humanities LibreTexts

6.1: Presencia latina en Estados Unidos

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    El censo de 1990 sorprendió a muchos con el dato de que casi el diez por ciento de la población de Estados Unidos era de origen hispano. En 2010 se contaron más de 50 millones, el 16,3% de la población (además de los 3,7 millones de hispanos que viven en Puerto Rico).1 Para dar un ejemplo del impacto económico que tiene dicha presencia, el Banco Interamericano de Desarrollo calculó que en 2006 estos latinoamericanos enviaron cerca de $62.300 millones de dólares a sus naciones, una cifra superior a la inversión extranjera de ese año en la región (López-Córdova y Olmedo 1). Para países como El Salvador y la República Dominicana, este ingreso es casi tan significativo como el de las exportaciones. El impacto político y cultural es igualmente transformador, ya que altera el juego electoral, afecta la definición nacional de todos los países americanos y fomenta una conciencia continental desde la convivencia cotidiana. Estadounidenses y latinoamericanos experimentan hoy con más claridad que nunca la continuidad que existe entre sus problemas y destinos.

    dato: piece of data
    casi: almost
    población: population
    dado que: given that
    según: according to
    dicha: such, above-mentioned
    enviar: to send

    cerca de: nearly
    cifra: figure
    ingreso: income
    ya que: because
    convivencia: living side by side

    1 Dado que, según la oficina del censo, aproximadamente el 75% de ellos hablaba español en casa (Ramírez 10), es decir, más de 38 millones, Estados Unidos habría sido en 2010 el tercer o cuarto país del mundo con mayor número de hispanohablantes después de México (107 millones), España (46 millones), Colombia (45 millones) y, posiblemente, Argentina (40 millones).

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    De México a Estados Unidos

    La población hispana en el suroeste de los Estados Unidos es la más numerosa del país. Esta presen­cia es resultado, no solo de la inmigración, sino sobre todo de que esta región fue parte de España y luego de México hasta 1848. Los conquistadores españoles comenzaron a explorar y colonizar lo que hoy es el suroeste desde 1530 (mucho antes de que los colonos ingleses fundaran Jamestown en 1607). Todos es­tos territorios pasaron a ser parte de México a comienzos del siglo XIX, aunque el gobierno central no les prestó mucha atención. Los primeros estado­uni­denses empezaron a llegar alrededor de 1800. En 1830, el gobierno mexicano, respondiendo al temor ante la creciente presencia extranjera en la zona, prohibió la inmigración procedente de los Estados Unidos.

    En esta época se produjeron también fuertes tensiones con los inmigrantes an­glo­sajones de Texas, quienes no aprobaban que México hubiera abolido la esclavitud en 1829 y se oponían al dictador Antonio López de Santa Anna. El territorio de Texas se rebeló en 1836, logró independizarse y ocho años después se hizo parte de la unión americana. Por conflictos entre fronteras y deseando ampliar sus mercados, en 1846 Estados Unidos declaró la guerra contra México, ganando en 1848, por medio del Tratado de Guadalupe Hidalgo, los territorios de Nuevo México, Arizona, y partes de California, Utah, Nevada y Colorado. El vecino país fue indemnizado con quince millones de dólares, y los mexicanos que vivían en esa zona debieron elegir entre abandonar el territorio o convertirse en ciudadanos de Estados Unidos. La mayoría escogió la segunda opción. Fueron estos los primeros Mexican-American, que llegaron a serlo no por inmigración deliberada sino a causa de la guerra entre países.

    Muchos rancheros mexicanos recibieron positivamente su anexión a Estados Unidos, cuyo gobierno era más estable y cuyo ejército ofrecía mejor control sobre los indígenas de la región. Pero, aunque el Tratado de Guadalupe Hidalgo reconocía los derechos originales respecto a la propiedad, en la práctica el poder económico fue pasando a manos de los anglo­sajones, entre quienes había considerable racismo contra los hispanos. Entre 1865 y 1920, hubo en el suroeste más lin­chamientos de mexicanos que de afroamericanos. La fiebre del oro y la construcción del ferrocarril en la segunda mitad del siglo XIX atrajo a un creciente nú­mero de angloparlantes, y hacia 1900 los habitantes de origen mexicano eran minoría. Muchos, sin tierras ni formación especializada, se convirtieron en la mano de obra barata para dueños de minas, te­rra­tenientes, corporaciones y ferroviarios. La labor en los campos les aislaba del resto de la so­cie­dad y el hecho de que los obreros se trasladaran de un lugar a otro en busca de cosechas hacía casi imposible la educación de sus hijos. Hasta hoy, continuamente llegan desde México nuevos inmigrantes, muchos ilegales, que están dispuestos a trabajar por cualquier salario en empleos temporales.[1]

    La mecanización de la agricultura durante la primera mitad del siglo XX hizo que muchos trabajadores agrícolas se mudaran a las zonas urbanas, donde había más empleo en los sec­tores comercial e industrial así como mejor acceso a la educación, la salud y la vivienda, espe­cialmente después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Casi medio millón de ellos tam­bién sirvieron en la guerra y adquirieron conciencia de sus derechos como “Americans”. Sin em­bargo, aunque su nivel de vida había mejorado, socialmente seguían subordinados. La men­talidad prevaleciente hasta los años cincuenta segregaba a los mexicanos como una po­blación inferior. En muchas escuelas y sitios de trabajo se recomendaba no hablar español ni mantener tradiciones familiares o religiosas que se consideraban impedimentos para el progre­so material. Muchas familias, para abrirse campo en las clases medias o altas, se presentaban como “españolas”, no mexicanas.

    Desde fines de los años cincuenta, los estadounidenses de origen mexicano se unieron a la lucha de las minorías por plenos derechos civiles. Los activistas se autodefinieron como “chica­nos”, una abreviatura de “mexicano” que se había usado en el pasado como término deroga­torio, y que ahora utilizaron como nombre de combate. El movimiento se organizó para exigir reformas sociales, obtener mejores condiciones laborales y fomentar el orgullo étnico de “la Raza”, un pueblo que ahora se percibía unido por una historia común, una herencia cultural compartida y un propósito político. El activista César Chávez tuvo éxito en los campos organi­zando un sindicato con los trabajadores migratorios; numerosos escritores y artistas difundieron una estética propia que ha dejado su huella en las tradiciones literarias tanto hispánica como anglosajona; en las universidades, especialmente en las de California, se establecieron progra­mas de estudios chicanos; en 1970 se formó el Partido de la Raza Unida que apoya a candida­tos políticos chicanos; en los barrios de East Los Ángeles y de Pilsen, Chicago, se expresa este activismo a través de grandes murales callejeros que elaboran la experiencia chicana. Mucha parte de la producción literaria de autores y autoras de origen chicano se une también a este proyecto de inclusión sin asimilación, para construir identidades y presencias híbridas: mexicanas y estadounidenses, indígenas e hispanas, hispanohablantes y angloparlantes.

    Hoy, sin embargo, aunque la mayoría de los chicanos viven mejor que sus padres o abue­los, su promedio de ingresos es todavía muy inferior al de los anglos. Peor aún, a fines del siglo XX y comienzos del XXI se ha visto un resurgimiento político y social de la hostilidad hacia los que no hablan bien el inglés o no son inmigrantes legales. Paradójicamente, algunos sectores de la población estadounidense están reaccionando de un modo similar al que, en 1836, mo­vió al gobierno mexicano a prohibir la inmigración de los angloparlantes a Texas y que produ­ciría la pérdida de la mitad de su territorio nacional en 1848.








    procedente de: originating from










    convertirse en: to become

    llegaron a serlo: became citizens


    cuyo: whose





    ferrocarril: railroad


    terrateniente: large land owner
    aislar: to isolate
    cosecha: crop

    dispuesto: willing












    abrirse campo: to make one’s way


    unirse a: to join
    pleno: full

    exigir: to demand



    sindicato: trade union
    huella: trace, mark
    tanto ... como: both ... and

    apoyar: to support




    peor aún: what’s even worse


     

    [1] Lógicamente, había diferencias de clase social y modo de vida entre los habitantes de origen mexicano en la región. Mientras que en Nuevo México y el sur de California muchos rancheros hispanos conservaron la propiedad de sus tierras hasta comienzos del siglo XX (y tenían trabajadores mexicanos o indígenas de bajos ingresos), en Texas, Arizona y el sur de California los angloamericanos se hicieron dueños de las tierras y minas, de un modo u otro, desde los años 1860 o antes. La necesidad de mano de obra mexicana variaba según la cantidad de indígenas dispuestos a trabajar por menos salario.


    La colonización puertorriqueña

    Puerto Rico se convirtió en territorio de Estados Unidos en 1898, tras una breve guerra con España. La isla, a la que sus habitantes (los “boricuas”) se refieren a menudo con el nombre indígena y afecuoso de Borinquen, era atractiva por su valor estratégico y sus cultivos de café, azúcar y tabaco. En los siguientes veinte años, sus habitantes estuvieron en un limbo legal: no eran ciudadanos norteamericanos pero tampoco eran un país independiente. En 1917, el Decreto Jones (Jones-Shafroth Act) les dio ciudadanía estadounidense, pero los mantuvo como colonia: Washington conservó el control sobre las leyes, el sistema monetario, la inmigración, el servicio postal, la defensa y las relaciones internacionales. El sistema educativo se configuró según los criterios estadounidenses y se impuso el inglés como lengua de instrucción.

    Muchos puertorriqueños continuaron luchando por su independencia o por mayor autonomía y, a fines de la década de 1940, la isla se convirtió en Estado Libre Asociado (ELA o commonwealth), dándoles mayor control administrativo. Pero sus responsabilidades y privilegios continuaron siendo diferentes a los de otros ciudadanos estadounidenses. Aunque no pagan impuestos federales, tampoco se benefician de todos los programas nacionales de educación y salud. Votan en las elecciones presidenciales primarias, pero no pueden participar en las elecciones generales. Pueden servir en el ejército (y antes estaban obligados a hacerlo), pero sus representantes al Congreso no tienen voto.

    Durante las primeras tres décadas del siglo XX, la tasa de mortalidad en Puerto Rico bajó un 50 por ciento, y las condiciones de vida mejoraron, en general, para muchos. Sin embargo, los intereses comerciales norteamericanos fomentaron el crecimiento de plantaciones para azúcar, concentrando la propiedad de la tierra en pocas manos (de algunos hacendados puertorriqueños y compañías estadounidenses), y se redujo el número de fincas pequeñas. Con la recesión económica de los 1930, miles de jíbaros desempleados comenzaron a emigrar hacia las ciudades norteamericanas, especialmente en el noreste, donde se empleaban en industrias de tabaco y textiles, o para servir en puertos, restaurantes, hogares y hoteles.

    En las décadas del 40 y 50, el primer gobernador del ELA, Luis Muñoz Marín, instituyó un programa de mejoramiento económico llamado Operation Bootstrap, que estimuló el desarrollo industrial. El ingreso por familia aumentó un 600 por ciento, llegando a ser el más alto de Hispanoamérica (aunque apenas la mitad del promedio estadounidense); el 85 por ciento de los jóvenes puertorriqueños asistió a las escuelas, donde el español volvió a ser la lengua oficial; Puerto Rico se convirtió en el cuarto país del mundo en cuanto al número de jóvenes que asistían a universidades o a institutos técnicos (el 19 por ciento); y la tasa de mortalidad infantil llegó a ser la más baja de toda Hispanoamérica. Pero la rápida industrialización no eliminó el desempleo (dos veces más alto que en Estados Unidos), y más de un tercio de la población continuó viviendo por debajo de los niveles internacionales de pobreza, muchos en la miseria de arrabales y zonas rurales deprimidas. Estas fueron las causas fundamentales de la migración hacia Nueva York desde los años cincuenta.

    En 1940, se calcula que había unos ochenta mil puertorriqueños en los Estados Unidos continentales; en 2010, en cambio, se censaron 4,6 millones, casi un millón más que en la isla. El mayor grupo se estableció en la ciudad de Nueva York, particularmente en East Harlem (“The Spanish Harlem” o el barrio), Lower East Side (loisaida), y partes de Brooklyn y el Bronx. La mayoría de los migrantes llegaban sin educación, sin recursos económicos y sin dominio del inglés.

    Sus condiciones de vida eran deplorables: el 50% vivía por debajo de los niveles de pobreza, el 87% de los jóvenes dejaba la escuela, y el desempleo era del 9,9% (en contraste con el 4,3% para los blancos y el 6,9% para los afroamericanos). Se enfrentaron además a la explotación económica en un ambiente con mentalidad racista. Dos periodistas neoyorquinos describían así a los puertorriqueños en 1947: “mostly crude farmers, subject to congenital diseases ... they turn to guile and wile and the steel blade, the traditional weapon of the sugar cane cutter, mark of their blood and heritage” (Jack Lait and Lee Mortimer, N.Y. Confidential, Chicago: Ziff Davis, 1944. 126-132). El estigma de criminalidad y violencia era un obstáculo más por enfrentar.

    Algunos de piel clara escapaban hacia la clase media negando su procedencia o presentándose como “latinoamericanos” genéricos, igual que algunos mexicanos se presentaban como “Spanish” (muchos de ellos todavía aparecen en el censo bajo la categoría de “otros hispanos”). Otros boricuas consideraban su situación como algo temporal. Borinquen está cerca y no se necesita visa, así que muchos son migrantes circulares, que llegan para buscar trabajo cuando la economía de la isla presenta dificultades y regresan cuando han podido ahorrar algún dinero. Por esto, aunque reconocen la importancia de aprender inglés, no están dispuestos a renunciar a su español, y mantienen una sensación de cercanía con su patria.

    tras: after
    a menudo: often











    ejército: army


    tasa: rate
    mejorar: to improve



    jíbaro: peasant




    apenas: barely
    volver a: again

    desempleo: unemployment

    arrabal: slum, shanty town







    en cambio: in contrast

    dominio: mastery

    enfrentar: to face






    regresar: to return
    ahorrar: to save
    destacado: notable


     

    Igual que en la comunidad chicana, las luchas por los derechos civiles de los años sesenta motiva- ron entre la comunidad puertorriqueña la conciencia política, el orgullo cultural y la determinación por mejorar su situación. Hoy tienen considerable representación política en las administraciones locales del noreste. Las artes, especialmente la música, la poesía y la pintura, son muy visibles en Chicago, Nueva Jersey y Nueva York, donde varios centros culturales estimulan su producción, como en el famoso Museo del Barrio en East Harlem. La estética “Nuyorican” es un rico producto de la experiencia puertorriqueña en Nueva York con poetas destacados como Miguel Algarín y Pedro Pietri (que se describía a sí mismo como “a native New Yorker born in Ponce, PR”). De manera similar al término “chicano”. para los activistas de ascendencia mexicana en el suroeste, la palabra “latino” se convirtió durante la época de la lucha por los derechos civiles (años sesenta y setenta) en una nueva denominación para representar ese sentido de unidad, resistencia cultural y continuidad con América Latina, no solo de los puertorriqueños, sino de los inmigrantes caribeños y posteriormente de la población de origen latinoamericano en todo Estados Unidos. El desarrollo de la “salsa” en Nueva York, que posteriormente se convertiría en uno de los ritmos musicales más famosos del mundo, fue durante los años setenta un símbolo de esta presencia y una plataforma para difundir este dinamismo social.


    Las oleadas cubanas

    Igual que Puerto Rico, Cuba pasó a manos norteamericanas en 1898 como resultado de la guerra con España, pero en 1902 se convirtió en una república independiente, aunque fuertemente dominada por intereses estadounidenses. Durante la primera mitad del siglo XX, de manera similar a los borinqueños, aunque sin las ventajas de la ciudadanía norteamericana, muchos cubanos llegaron a trabajar en industrias de tabaco en La Florida y el noreste. Hacia 1959, se estima que había unos 79.000 cubanos en Estados Unidos.

    La Revolución Cubana de 1959 afectó directamente los intereses de la élite comerciante y profe- sional. Cerca de 273.000 abandonaron la isla en los años sesenta y fueron bien recibidos por Washington como asilados políticos. Un segundo grupo llegó en abril de 1980, cuando cerca de diez mil cubanos se refugiaron en la embajada peruana y finalmente fueron admitidos en Estados Unidos. Y una tercera oleada, de casi 120.000, fue autorizada por el gobierno de Castro a viajar en bote desde el puerto de Mariel hasta La Florida durante los seis meses siguientes (conocidos como “los marielitos”, algunos eran enfermos mentales, homosexuales o delincuentes que el gobierno cubano aprovechó para sacar del país). A estos grandes grupos hay que añadir los cientos de refugiados que escapan de Cuba cada año y que abarcan una amplia esfera socioeconómica.

    La súbita aparición de los cubanos en Estados Unidos fue inusual en la historia de la inmigración his- pana. El grupo inicial de los años sesenta era primordialmente de clase alta y muchos tenían capital o recibieron apoyo del gobierno norteamericano para fundar negocios, especialmente en La Florida (aunque hay grupos más pequeños en Nueva York, Nueva Jersey, California e Illinois). En Miami pudieron formar una comunidad bien establecida (“Little Havana”), obtuvieron el derecho a la educación bilingüe, y rápidamente lograron representación política en Washington. Su interés en derrocar el gobierno revolucionario de La Habana coincidía bien con la política antisoviética de Estados Unidos.

    Otro aspecto que hace única esta inmigración es que, en su mayoría, ha podido ser contada y observada sistemáticamente. Se sabe, por ejemplo, que la oleada de los años sesenta era 94% blanca, tenía en promedio 34 años, y había recibido buena educación (14 años de escolaridad). El segundo grupo de abril de 1980 era 80% blanco, más joven y más pobre. Y de los marielitos, aún más jóvenes y pobres, un 60% era de raza blanca. Estos últimos llegaron en una atmósfera de resentimiento porque el sensacionalismo de la prensa enfatizó el número de delincuentes y porque se percibieron como una carga para el presupuesto de Miami y de la comunidad cubana en particular. En noviembre de 1980, el movimiento de “English Only” tomó nuevo vigor en La Florida y hasta hoy se dan en ese Estado tensiones fuertes entre las comunidades hispanas (que también incluyen gran número de colombianos y centroamericanos), las afroamericanas y las caucásicas de diferentes clases sociales.

    como resultado: as a result
    ventaja: advantage












    delincuente: army
    aprovechar: rate
    añadir: to improve



    súbito: sudden

    apoyo: barely
    lograr: again
    derrocar: unemployment






    carga: burden
    presupuesto: budget



     

    La diversidad "latina"

    Latinos-paises.png

    La “sorpresa” del censo de 1990 sobre el porcentaje de población hispana en Estados Unidos dejó claro que esta minoría se había convertido en una fuerza social y política, con una tasa de crecimiento demográfico (24,3%) mucho mayor que el promedio nacional (6,1%). Pero es un grupo económicamente en desventaja: el censo de 2000 reveló que las familias hispanas tenían un ingreso promedio de unos treinta y cuatro mil dólares, en contraste con la media nacional de cincuenta mil dólares, y el porcentaje de pobreza era del 22,6% (27,5% entre los dominicanos versus 14,6% entre los cubanos), frente al 12,4% nacional (Ramírez 14). Es necesario tener en cuenta también que el número de personas que se identificaron como “Hispanic or Latino” en el censo de 2010 pudo haber sido afectado por el formato de las preguntas, que fueron más claras y más inclusivas que en la encuesta de 2000 (Ennis et al 2). También es posible que muchas personas de procedencia hispánica que antes no se identificaban como “Hispanic” por razones políticas o sociales, hayan decidido hacerlo en 2010, ya que la percepción de “lo latino” es más positiva en años recientes. Lo que sí parece claro es que la población hispana o latina era en 2009 más joven (27 años) que el promedio nacional (36 años) y que casi el 63% ha nacido en Estados Unidos.

    La incapacidad de verlos como grupo estaba relacionada con la conciencia racial bipolar prevale- ciente en Estados Unidos (o blanco o negro), en la que el arco iris latinoamericano no tenía lugar. Poco se estudiaron, por ejemplo, la prácticas segregacionistas contra los mexicanos en el suroeste, porque no eran negros. Hasta los años sesenta, los formularios del censo no incluían la categoría de “Hispanic / Spanish” en sus preguntas (se pedía simplemente identificar: “Race or Color”). Además, la sociedad y el gobierno consideraban cada nacionalidad por aparte. Se pensaba que los obreros urbanos puertorriqueños o dominicanos no tenían nada que ver con los trabajadores rurales mexicanos o guatemaltecos, los empresarios cubanos, los exiliados chilenos y argentinos de clase media, o los refugiados de Nicara- gua o El Salvador.

    Las diferencias entre nacionalidades son importantes y todavía cada uno se identifica primero con su nación y luego con la categoría más general. De hecho, inmigrantes latinoamericanos se hacen ciudadanos norteamericanos en menor proporción que los de otras procedencias. Pero más del 60% de los latinos o hispanos en Estados Unidos han nacido aquí, y la tendencia de las últimas décadas ha sido hacia la autoidentificación como unidad plural. Política, periodística y académicamente se piensan más como una presencia conjunta que tiene intereses y características comunes y que permanece en contacto cercano con América Latina.

    Es en este sentido que el término “latino” ha pasado a denominarlos (y a ponerlos de moda) como un solo grupo cuya influencia cultural es hoy evidente en su caleidoscopio de contradicciones. Conocer, exponer y apoyarse en su “conciencia latina” (siempre en flujo) se ha convertido en su manera de integrarse –sin asimilarse– al imaginario estadounidense. Así lo expresa el chicano Francisco Alarcón en uno de sus poemas bilingües (citado en Stavans 42):

    mis raíces
    las cargo
    siempre
    conmigo
    enrolladas
    me sirven
    de almohada

    I carry
    my roots
    with me
    all the time
    rolled up
    I use them
    as my pillow

    De este modo, las latinas y los latinos visualizan un futuro que se apoye en su pasado y en su tradición pero que no esté condenado a perpetuar la subordinación que los une. Construyen una identidad que no los uniforme, y van haciendo su hogar en una sociedad que se ve cambiada por ellos pero todavía no está segura de quiénes son o de si no sería mejor enviarlos de vuelta a casa.

    Latinos-by-state.png


    Fuentes

    • Bretz, Mary Lee et al, “Los hispanos en Estados Unidos”. Pasajes: Cultura. Boston: McGraw-Hill, 2006. 179-199.
    • Ennis, Sharon R. et al.  The Hispanic Population: 2010. 2010 Census Briefs, May 2011. www.census.gov/prod/cen2010/briefs/c2010br-04.pdf
    • López-Córdova, J. Ernesto y Alexandra Olmedo. “La migración internacional, las remesas y el desarrollo: una visión general”.  Integración & Comercio 27 (2007): 1-20.
    • Moore, Joan and Harry Pachón. Hispanics in the United States. Englewood Cliffs, NJ: Pentice-Hall, 1985.
    • Pew Hispanic Center Home Page, http://pewhispanic.org/
    • Ramírez, Roberto. We the People: Hispanics in the United States. Census 2000 Special Reports, 2004.
    • Stavans, Ilan. The Hispanic Condition. New York: HarperCollins, 1995.
    • U.S. Census Bureau Home Page. http://www.census.gov/

    This page titled 6.1: Presencia latina en Estados Unidos is shared under a CC BY-NC-SA 4.0 license and was authored, remixed, and/or curated by Enrique Yepes.

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