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14.2: El vencedor de sí mismo

  • Page ID
    16380
  • Mercedes de Velilla y Rodriguez

    Rendicion_de_Sevilla_a_Fernando_III.jpg
    Rendición de Sevilla a Fernando III. Axataf entregándole las llaves de Sevilla a Fernando III. Pintura de Francisco Pacheco, siglo XVII. Disponible en el dominio público por Wikimedia Commons.

    [1]PERSONAJES

    ZÁIRA
    GARCI PEREZ DE VARGAS
    ABEN-AMIR
    BERMUDO

    La acción pasa en Sevilla: año 1248.[2]

    ACTO ÚNICO

    Salón árabe, convenientemente decorado; puertas laterales y al foro: á la izquierda mesa y sillón.—Aparecen Aben-Amir, sentado, y Bermudo, de pié.

    ESCENA PRIMERA.

    ABEN-AMIR y BERMUDO.

    BERMUDO. Yá lo veis: nuestro es el triunfo.

    ABEN-AMIR. No sin que por largo tiempo

    lo esperáseis.

    BERMUDO. Prolongada

    fué la resistencia, es cierto.

    Mas todo inútil ha sido;

    los árabes sucumbieron,

    y el ejército cristiano

    de su valor halla el premio:

    Sevilla rindióse, al fin….

    ABEN-AMIR. Á rudas pruebas cediendo.

    BERMUDO. Y la victoria anhelada.

    que así nos concede el cielo,

    la noble empresa corona

    del rey Fernando tercero.[3]

    ABEN-AMIR. Nada logró la constancia; (Con tristeza.)

    se ha extinguido, se ha deshecho

    nuestra esperanza postrera:

    la ciudad, que ahora perdemos,

    tuvo sobre sus murallas

    otras de valientes pechos

    de sus tristes moradores.

    BERMUDO. Todos se están disponiendo

    á abandonar sus hogares,

    á buscar en los desiertos

    del África nuevo asilo,

    su vano orgullo abatiendo.

    Que se alejen, que abandonen

    este conquistado suelo

    que yá no les pertenece.

    ABEN-AMIR. ¡Infelices…. y con ellos

    no puedo yo compartir

    su dolor, que será inmenso!

    ¡Y miéntras ellos se alejan, (para si)

    amargo llanto vertiendo,

    en inacción vergonzosa

    entre estos muros me quejo!.

    Hoy, con horror mirarla

    mi existencia, si un recuerdo,

    de mi corazón querido,

    no viniese á darme aliento.

    Y ella también partirá,

    tal vez mi destino fiero

    ignorando…. ¡Y no es posible

    que yo abandone este encierro!

    ¡Oh! por lo que más queráis,

    (Levantándose, á Bermudo.)

    dadme mis armas, y luégo

    dejad que salga: dejadme

    que vaya á morir….

    BERMUDO. No puedo.

    De Garci Pérez de Vargas

    mi señor, sois prisionero,

    y él me ordena que os vigile,

    que no os pierda ni un momento

    de vista; yo no cumpliera

    como honrado y como bueno,

    no obedeciendo fielmente

    á quien admiro y respeto.

    Sólo al escuchar su nombre

    cunde el terror en los vuestros.

    Vos, en más de una ocasión

    de su valor, de su esfuerzo

    testigo fuísteis; le tiene

    en alta estima y aprecio

    el mismo rey don Fernando,

    por lo ilustre de sus hechos.

    ABEN-AMIR. Con él luché frente á frente, (Con arrogancia.)

    en buena lid combatiendo,

    yo osado, si él animoso,

    si él altivo, yo soberbio.

    Sin que rindiera el temor

    el espíritu sereno,

    á las mortales heridas

    rindióse débil el cuerpo.

    Cerré los ojos; extraños

    rumores por mi cerébro

    circularon; mi razón

    dió moribundo destello,

    y mi frente, en la caida,

    bañóse en charco sangriento.

    Y después….

    BERMUDO. ¿No recordáis

    lo que pasó?

    ABEN-AMIR. No recuerdo;

    mas sé que estuve dormido,

    —¿por qué volví de aquel sueño?—

    que, al despertar, pretendí

    volver á ocupar mi puesto….

    BERMUDO. Y que no hallásteis salida….

    ABEN-AMIR. Nó, porque me hallaba preso.

    BERMUDO. De mi señor la nobleza

    es conocida en extremo,

    y es en la paz compasivo

    cuanto es en la guerra fiero.

    ¡Oh! su valor y fiereza

    no tienen igual, lo apuesto.

    Una tarde caminaba

    por el real; echó menos

    de la armadura una pieza,

    que distinguió allá á lo léjos

    entre el polvo del camino,

    y atrás volvió con denuedo,

    para recogerla. Al sitio

    llegaron, al propio tiempo,

    en sus fogosos corceles,

    siete árabes caballeros.

    Vargas recogió la pieza

    de la armadura, entre ellos,

    que, cobardes ó admirados,

    lidiar con él no quisieron.

    ABEN-AMIR. Yo del caudillo cristiano

    conozco bien el esfuerzo,

    y la piedad compasiva

    de que yo soy vivo ejemplo.

    Aquí, en su casa, en el nombre

    no más, soy yo prisionero,

    (Pausa.)

    ¿Y Axataf[4], rey sin ventura

    de este desdichado pueblo

    vive?

    BERMUDO. Sí; ayer en las manos

    del rey Fernando tercero

    las llaves de la ciudad

    puso, y con su triste séquito

    la abandonó, lamentando

    la destrucción de su reino.

    Sevilla nos da revancha

    del Guadalete funesto.

    ABEN-AMIR. ¡Callad!

    BERMUDO. Olvidé que vos

    no debéis estar contento;

    renunciad á vuestra ley

    y á ese profeta embustero;

    hacéos cristiano….

    ABEN-AMIR. Jamás

    olvidaré los preceptos

    de mi fé, y os lo suplico,

    Bermudo, no hablemos de eso.

    BERMUDO. Yo, por vuestro bien….

    ABEN-AMIR. ¿Quién llega?

    BERMUDO. (Asomándose á la puerta del foro.)

    Mi señor.

    ABEN-AMIR. Guardo silencio.

    ESCENA II.

    DICHOS: GARCI PEREZ DE VARGAS, por el foro.

    GARCI PEREZ. La ciudad he recorrido (Aparte.)

    sin descubrir su morada….

    ¡Si habrá partido! ¡Quién sabe…!

    Aún no pierdo la esperanza.

    BERMUDO. Señor….

    GARCI PEREZ. Bermudo; ¿aquí estás?

    (Adelantando al proscenio.)[5]

    BERMUDO. Há tiempo que os esperaba

    con impaciencia; temia

    que alguna vil emboscada

    de esos traidores….

    GARCI PEREZ. Vencidos están, no temas su saña;

    los árabes yá no piensan

    más que en llorar su desgracia.

    ¿Y vos, de vuestras heridas (A Aben-Amir.)

    cómo os sentís?

    ABEN-AMIR. No me faltan

    las fuerzas, para arrastrar

    de mi existencia la carga;

    mas me faltan, para ver

    la humillación de mi raza,

    el dolor de mis hermanos,

    la pérdida de mi patria.

    GARCI PEREZ. Quiso conceder el cielo

    la victoria á nuestras armas,

    y hoy la cruz tiende sus brazos

    á la ciudad conquistada.

    La cruz, emblema de gloria,

    sobre sus muros se alza,

    como augusto centinela

    que la defiende y la guarda.

    ABEN-AMIR. También así, en otro tiempo,

    sobre su fuerte muralla,

    en defensa del Islam,

    la media luna se alzaba,

    y era el nombre de Mahoma

    aclamado en toda España.

    BERMUDO. Breve fué aquella victoria; (con aspereza[6].)

    que en las astures montañas

    Pelayo el noble pendón

    alzó de la fé cristiana,

    que yá en Córdoba y Sevilla

    victoriosa se levanta,

    y al África irá también

    cuando os echemos al África.

    ABEN-AMIR. ¡Villano! (Indignado.)

    BERMUDO. ¡Á mí!…

    (Queriendo acometerle: Garci Pérez se interpone entre ámbos.)

    ABEN-AMIR. Perdonad,

    que no supo mi arrogancia

    contenerse; yo no puedo

    escuchar esas palabras,

    que la humillación presente

    han renovado en mi alma.

    GARCI PEREZ. Comprendo vuestro dolor,

    que Garci Pérez de Vargas

    sabe muy bien cuánto puede

    el santo amor de la patria.

    ABEN-AMIR. Así, para no enojaros

    con estas quejas amargas,

    permitid, caudillo ilustre,

    que me retire á esa estancia.

    (Garci Pérez hace seña á Aben-Amir de que puede retirarse; éste saluda y entra por la primera puerta de la izquierda.)

    ESCENA III.

    GARCI PEREZ y BERMUDO.

    BERMUDO. El prisionero es altivo, (con rencor.)

    GARCI PÉREZ. Su justo dolor demuestra,

    y tan noble dignidad

    en su favor me interesa.

    Su vida tengo en mi mano,

    mas debo….

    BERMUDO. Señor, que muera:

    tened sordos los oidos

    á sus ruegos y á sus quejas.

    GARCI PÉREZ. Calla, Bermudo: no quiero

    atentar á su existencia:

    con la sangre derramada

    aún está roja la tierra;

    vencimos; ¿para qué, ahora,

    inútilmente verterla?

    Luégo, tal vez, de su suerte

    decidiré…. (si me deja

    un momento de reposo

    este afán que me atormenta.

    Y no saber….)

    BERMUDO. Perdonad

    que á decíroslo me atreva,

    mas noto en vos, á fé mia,

    no sé qué extraña tristeza;

    os encuentro hablando á solas,

    os consume la impaciencia,

    y apénas llegáis á casa

    volvéis á salir: ¿qué ideas

    turban vuestro pensamiento

    que, así, de inquietud os llenan?

    Digno de tal confianza

    no soy, señor; mas me lleva

    el interés que os profeso

    á preguntaros….

    GARCI PÉREZ. Yá es fuerza,

    Bermudo, que el labio diga

    el afán que así me inquieta.

    No es extraño que en mi frente

    oscura nube aparezca,

    ni que se marque en mi rostro

    de dolor profunda huella;

    es que guardo una memoria,

    memoria que el alma quema;

    es que un afecto escondido

    constante mi pecho encierra;

    afecto que cada dia

    se engrandece y se renueva.

    Ocultándolo he vivido,

    y áun de mí mismo quisiera

    haberlo ocultado; inútil

    empeño; fué más intensa

    mi pasión, á cada hora,

    y hoy mi espíritu encadena.

    BERMUDO. ¿Qué me decís? Yá comprendo

    vuestro pesar; que la ausencia

    y el amor….

    GARCI PÉREZ. ¡Si no está ausente

    la que es causa de mis penas!

    Ella en la ciudad vivia….

    BERMUDO. ¡En la ciudad…! pero….

    GARCI PÉREZ. Ella

    á eterno y triste destierro

    hoy condenada se encuentra.

    Ella, por ser musulmana,

    de aquí por siempre se aleja….

    Tal vez yá….

    BERMUDO. ¿Pero es posible

    GARCI PÉREZ. Aunque extraño te parezca,

    la amo, sí, desde aquel día

    en que admiré su belleza.

    No sé qué genio fatal

    á su recuerdo sujeta

    mis sentidos; vanamente

    mi alma en olvidar se empeña;

    ¡cuando más quiero olvidarla

    miro su imágen más cerca!

    BERMUDO. Ved, señor, que os humilláis;

    que olvidáis vuestra nobleza;

    es locura dar abrigo

    á esa pasión, que se estrella

    obstáculo invencible:

    tan sólo un camino os queda,

    emprendedlo.

    GARCI PÉREZ. ¡El del olvido!

    ¡La olvidára, si pudiera!

    BERMUDO. Es preciso.

    GARCI PÉREZ. De ella en pos[7]

    secreto impulso me lleva;

    mas, en vano, en la ciudad

    la busco con insistencia,

    que no he podido, hasta ahora,

    descubrir ninguna huella.

    Su dulce imágen buscaba (con entusiasmo.)

    medio de la contienda,

    y hasta el muro, temerario,

    entre una nube de flechas

    llegué, en más de una ocasión,

    esperando, acaso, verla.

    Bendecia mis victorias,

    que me acercaban á ella,

    y hoy la busco y no la encuentro….

    BERMUDO. ¿No sale su raza entera

    de la ciudad? Es posible

    que esté léjos….

    GARCI PÉREZ. Tal vez muerta

    en la universal ruina

    quedó…. y acaso mi diestra (con espanto.)

    en el furor del combate

    muerte espantosa le diera….

    Nó, imposible; que el acero

    quedára inmóvil, y yerta

    mi mano; que aunque los ojos,

    ciegos, no la conocieran.

    sé que el corazón sabría,

    sin vacilar, conocerla.

    BERMUDO. Ved, señor, que es musulmana,

    sigue la ley del Profeta,

    y vos sois noble y cristiano.

    No alentéis esas quimeras.

    GARCI PÉREZ. Desde mis años primeros

    su imágen está aquí impresa,

    y es imposible borrarla;

    nada dirás que no sepa.

    No me repliques, y solo

    déjame con mis ideas.

    (Váse Bermudo por el foro.)

    ESCENA IV.

    GARCI PEREZ DE VARGAS.

    GARCI PÉREZ. Presa de invencible afán

    agito…. No sé qué siento….

    ¿Qué es esto?… En mi pensamiento

    parece que arde un volcan.

    ¿Por qué mi mente se afana,

    cuando así la calma pierdo,

    en dar asilo al recuerdo

    de la hermosa musulmana?

    ¿Cómo el tiempo no ha borrado

    su imágen de mi memoria?

    ¿Por qué no encuentro esa gloria

    con que despierto he soñado?

    No lo sé…. Lucho y me agito,

    paz el alma en vano espera;

    ¡desdichada prisionera,

    que sueña con lo infinito!

    Llena de encanto y misterio

    roba una imágen mi calma,

    y esclava haciéndose el alma

    ciega se rinde á su imperio.

    ¿Yo, en las lides vencedor,

    me humillo, á un recuerdo, así…?

    Para arrancarlo de aquí,

    ¿por qué me falta el valor?

    En pos de un sueño me lanzo

    con afán que yá me asombra,

    y ¡ay! tal vez sigo una sombra

    que huye más, si más avanzo.

    ¡Imágen, que siempre estás

    fija en mí, que siempre veo,

    ó calma, al fin, mi deseo,

    ó no me atormentes más![8]

    ESCENA V.

    DICHO: BERMUDO, por el foro.

    BERMUDO. Señor….

    GARCI PÉREZ. ¿Qué pasa?

    BERMUDO. Desea

    hablaros, con viva instancia,

    una mujer…. una mora….

    GARCI PÉREZ. ¿Una mora, dices? Habla.

    ¿Viene sola?

    BERMUDO. aaaa. Nó, señor,

    que una anciana la acompaña.

    GARCI PÉREZ. ¿Quién podrá ser?… Al momento

    déjale libre la entrada, (Váse Bermudo.)

    Una mora…. Una mujer…. (Agitado.)

    ¡Qué es lo que siento en el alma!

    ESCENA VI.

    GARCI PEREZ, ZÁIRA.

    ZÁIRA. Al fin le veré …. (En el foro.)

    GARCI PÉREZ. Hasta aquí

    llega sin temor…. ¿Qué miro? (Adelántase Záira.)

    ¿Es realidad, ó deliro?

    ZÁIRA. No comprendo….

    GARCI PÉREZ. ¡Es ella, sí! (Con alegría.)

    ZÁIRA. ¿Me conoces?

    GARCI PÉREZ. Sí; la suerte,

    no sé si amiga ó tirana,

    ha querido, musulmana,

    que llegara á conocerte.

    Mas tú….

    ZÁIRA. Nunca te vi yo….

    GARCI PÉREZ. Te conozco, aunque te asombre….

    ZÁIRA. Yo, hasta aquí, sólo tu nombre,

    que alta gloria mereció. (Con amargura.)

    GARCI PÉREZ. ¡Dios, sin duda, es quien te envia

    para dar fin á me anhelo!

    ZÁIRA. ¿Qué dices?

    GARCI PEREZ. Que quiere el cielo (Arrebatado.)

    cumplir la esperanza mia.

    Que harto tiempo, fatigado,

    por una ilusión viví,

    y que hoy, al mirarte aquí,

    encuentro el bien deseado.

    Siento en el alma brotar

    nueva vida, y luz ansiada….

    ZÁIRA. (Ese acento, esa mirada, (Con temor.)

    ¿qué me quieren revelar?)

    GARCI PÉREZ. (Contemplándola.)

    ¡Oh! ¡qué hermosa! Al fin no fué

    de un sueño imágen fingida….

    ZÁIRA. Perdona, si, decidida,

    á tu morada llegué.

    Hoy de tu nobleza espero

    que, calmando mi ansiedad,

    conceda la libertad

    á un infeliz prisionero.

    Muerto en la lid le juzgaba,

    y por él corrió mi llanto;

    mas he sabido, entretanto,

    que en tu poder se encontraba.

    GARCI PÉREZ. ¿Tú, del prisionero en pos, (Receloso.)

    vienes aquí?

    ZÁIRA. Yá lo oiste;

    juntos, nuestra suerte triste

    maldecirémos los dos.

    GARCI PÉREZ. Mas, dime, ¿con él qué lazos

    te unen?

    ZÁIRA.Delgado fe (Revelar no quiero….)

    Mi hermano es el prisionero…. (Fingiendo.)

    sí, devuélvelo á mis brazos.

    Harto pesar, harto duelo

    hoy mi existencia envenena….

    Su libertad á mi pena

    será un inmenso consuelo.

    Los dos podrémos partir

    de este suelo sin fortuna,

    que si miró nuestra cuna

    no quiere vernos morir.

    GARCI PÉREZ. ¡Oh! luego aquí le verás,

    que á tu acento irresistible

    me rindo…. Mas no es posible

    que partas…. No partirás

    ZÁIRA. ¿Por qué? Los árabes son

    lanzados de aquí….

    GARCI PÉREZ. Lo sé;

    pero tú, tú nó….

    ZÀIRA. ¿Por qué?

    GARCI PÉREZ. Porque…. (¡Calla, corazón!)

    ZÁIRA. No te entiendo….

    GARCI PÉREZ. ¡En vano lucho!

    ZÁIRA. ¿Por qué, dime, tal porfía?

    GARCI PÉREZ. ¡Porque te amo, desde el día

    en que te ví!

    ZÁIRA. ¡Tú! ¡Qué escucho! (Con terror.)

    GARCI PÉREZ. (Apasionadamente.)

    Sí, te vi y te amé; tu acento

    mi amor oculto ahora inflama,

    que se engrandece la llama

    si es movida por el viento.

    Tu recuerdo, tu memoria

    han sido mi única idea

    enmedio de la pelea,

    y al conseguirla victoria.

    Mira, pues, si hoy, que la suerte

    me ofrece tanta ventura,

    no dudaré, en mi locura,

    si sueño, ó no sueño, al verte.

    ZÁIRA. ¡Oh, no sé cómo te oí!

    Tienes razón, estás loco,

    ó te estimas en muy poco,

    y en ménos, tal vez, á mí.

    Te olvidas de que á los dos

    nos separa un hondo abismo,

    de tu raza, de tí mismo,

    y te olvidas de tu Dios.

    GARCI PÉREZ. ¡De mi Dios! El nombre suyo

    no olvido, que si también

    vieras en mi amor tu bien,

    cual lo imagino en el tuyo;

    si tú, por dicha, me amáras,

    á tu falso Dios dejando,

    la ley de Cristo abrazáras.

    Y entonces, esposa mia

    fueras á la faz del mundo;

    yo, con cariño profundo,

    sélo por tí vivirla.

    Para mandarme, tu acento

    fuera inútil; me bastára

    sólo mirarte á la cara

    para ver tu pensamiento.

    ZÁIRA. ¡Oh! Calla, hablándome así

    nueva amargura me diste;

    por mi mal me conociste.

    GARCI PÈREZ. ¡Por mi bien te conocí!

    Oye—y seca ántes el lloro—

    cómo ha nacido este amor. (Páusa.)

    De mi rey embajador,

    con cartas para el rey moro,

    aquí llegué, tiempo há,

    ántes de hallarse cercada

    la ciudad que conquistada

    fué por don Fernando yá.

    Entonces al lado mió

    pasaste deslumbradora….

    ¡Eras tú brillante aurora,

    y yo un espacio sombrío!

    El rayo me iluminó

    de tu mirada serena:

    su dulce luz, que enagena,

    en mí este fuego encendió.

    ZÁIRA. ¡Pluguiera á Alá que en tu senda

    nunca me hubieses hallado!

    GARCI PÉREZ. También á verte he llegado

    en la pasada contienda.

    Después de ruda batalla,

    de mi rey fiel mensajero,

    en un caballo ligero

    cerca fui de la muralla.

    Vago y naciente pesar

    sintiendo en el corazón,

    del cielo por la extensión

    dejé mi mente vagar.

    Y elevé, con fé constante,

    mi espíritu de la tierra,

    y de la sangre y la guerra

    me olvidé por un instante.

    Percibió extraño rumor

    el ginete distraido;

    prestó atención, y á su oido

    llegó un doliente clamor.

    Entónces, con hondo anhelo,

    dejé el cielo á que subí,

    bajé los ojos, te vi,

    y hallé en la tierra otro cielo.

    Tú, pálida, conmovida,

    posabas la blanca mano

    sobre el pecho de un anciano

    que estaba inmóvil, sin vida.

    ZÁIRA. ¡Mi padre!

    GARCI PÉREZ. En rudos enojos

    tú lamentabas tu suerte,

    bañando aquel cuerpo inerte

    con el llanto de tus ojos.

    Á tí, después, me acercó

    no sé qué poder secreto,

    y un misterioso respeto

    de tí también me alejó.

    Y al alejarme, sentia

    que el alma me abandonaba,

    que miéntras yo me alejaba

    el alma á tí se volvia.

    Quedaron contigo allí

    mi paz, mi dicha, mi calma,

    y hasta el alma…. que mi alma

    desde entónces vive en tí.

    ZÁIRA. No debo más escucharte,

    Garci Pérez, sella el labio,

    ó de aquí al punto…. (Hace ademan de irse.)

    GARCI PÉREZ. ¿Te agravio,

    mi delirio al revelarte?

    ¡Imposible! En vano aspiro

    á decirte lo que siento,

    que ante tí, mi pensamiento

    se convierte en un suspiro.

    ZÁIRA. ¡Por compasión! basta yá;

    vine aquí por una vida;

    sin ella, de muerte herida,

    Záira de aquí partirá.

    Halle en tu pecho clemencia….

    No me niegues, inhumano,

    la libertad de un hermano….

    ¿Qué te importa mi existencia?…

    Yo…. ¿qué soy? Un pobre sér

    á quien hoy la suerte inmola;

    débil, por hallarme sola,

    infeliz, por ser mujer.

    Caudillo[9] tú de ese bando

    que nos vence y nos condena,

    hasta escarneces mi pena

    de amor y de dicha hablando.

    Del cristiano al fiero empuje

    todo cede, todo cae:

    fiera es que la sangre atrae,

    y por ella ansiosa ruge.

    Aquí un anciano se queja

    y al hijo venganza implora;

    allí una familia llora

    mirando el hogar que deja.

    El hogar donde vivieron

    y eterno amor se juraron,

    en donde juntos gozaron

    y juntos también sufrieron.

    Y dicen, volviendo atrás

    el rostro, en llanto bañado:

    ¡Adiós, mi hogar adorado,

    que no he de volver jamás.—

    ¡Oh, si vieses tal dolor,

    si sufrieras como ellos,

    no imagináras tan bellos

    los láuros del vencedor!

    GARCI PÉREZ. ¡Oh! no sé qué extraña duda

    en mí tu acento derrama. . .

    ZÁIRA. Una promesa reclama

    mi afán; termine la ruda

    lucha que me hace morir;

    haz que al prisionero vea,

    aunque tal mi suerte sea

    que sin él llegue á partir.

    GARCI PÉREZ. Záira, calma tu pesar:

    aquí le verás ahora.

    ZÁIRA. Gracias.

    GARCI PÉREZ. Quien así te adora,

    nada te puede negar.

    Del alma en lo más profundo

    resuena tu voz querida….

    Habla, y es tuya mi vida;

    habla, y te conquisto un mundo.

    Bermudo. (Llamando.)

    ESCENA VII.

    DICHOS: BERMUDO.

    BERMUDO. Señor….

    GARCI PÉREZ. Aquí

    al prisionero, al instante,

    conducirás.

    (Bermudo entra por la primera puerta de la izquierda.)

    ZÁIRA. Anhelante

    espero verle…. ¡Ay de mí!

    (Sale Bermudo, precedido de Aben-Amir. Bermudo se retira, á una seña de Garci Pérez.)

    ESCENA VIII.

    GARCI PEREZ, ABEN-AMIR, ZÁIRA.

    ABEN-AMIR. ¡Záira! ¡Tú aquí! ¡Záira mia!

    ZÁIRA.D (No atreviéndose á hablar, porque Garci Pérez los observa.)

    ¡Aben-Amir!

    ABEN-AMIR. ¡No es un sueño!

    ¿Tú, con amoroso empeño,

    vienes aquí?

    GARCI PÉREZ. (¿Qué decia?)

    ABEN-AMIR. ¿Tan soberano favor

    le plugo á Alá concederme?

    GARCI PÉREZ. (Dudan en hablar al verme….

    No es de hermanos ese amor.)

    ZÁIRA. Al fin á verte llegué…. (A Aben-Amir.)

    GARCI PÉREZ. Záira, Aben-Amir, os dejo;

    no mucho de aquí me alejo….

    (¡Qué sospécha! ¡Volveré!)

    Adiós, pues, (Váse por el foro.)

    ZÁIRA. Alá te guarde.

    ABEN-AMIR. Él os ampare y defienda.

    ESCENA IX.

    ZÁIRA, ABEN-AMIR.

    ZÁIRA. ¿No moriste en la contienda? (Acércanse.)

    ABEN-AMIR. Y me tengo por cobarde.

    La muerte, con firme mano,

    yo mismo darme debí,

    y hubiera evitado así

    verme en poder del cristiano.

    ZÁIRA. ¡Oh! calla; ¿y de mí, qué fuera

    si hubieses tú sucumbido?

    Padre, hermanos, he perdido

    durante la guerra fiera.

    Sólo tu amor tengo yá,

    que los otros que me amaron,

    ¡ay! al sepulcro bajaron.

    ¡Padre mió! (Llorando.)

    ABEN-AMIR. ¡Záira!

    ZÁIRA. ¡Ah!

    Muerto también te creia,

    sola me juzgué en la tierra;

    mas terminóse la guerra

    aunque no nuestra agonía,

    y supe que prisionero

    de Garci Pérez quedaste,

    y que en la lid te mostraste

    altivo, incansable y fiero.

    Por tu libertad, por tí

    aquí vine, estoy contigo;

    ó tu libertad consigo, (Con decisión.)

    ó muerta salgo de aquí.

    Que eras mi hermano le dije

    porque así más le moviera

    á piedad…. si consiguiera….

    ABEN-AMIR. ¡Cuánto dolor nos aflije!

    Premio fué de valor tanto

    derrota vil, triste duelo….

    ZÁIRA. La sangre que tiñó el suelo

    será borrada con llanto.

    Quizás en distante zona, (Con inmenso dolor.)

    donde sol extraño arde,

    la última luz de la tarde

    dará á mi frente corona,

    sin que en ella, enamorado,

    sorprendas tú mis enojos;

    y yo, volveré los ojos,

    llorando, al tiempo pasado,

    y trayendo á la memoria

    aquel tiempo en que gozaba

    ¡ay! diré, cómo se acaba

    todo bien y toda gloria!

    ABEN-AMIR. Solamente por tí vivo, (Consolándola.)

    de tí mis consuelos vienen;

    si cautivo aquí me tienen

    ¿ántes no fui tu cautivo?

    Tus bellos ojos nubló

    el llanto que de ellos brota:

    sécalo: por cada gota

    una vida diera yo.

    Dime que en mí pensarás,

    que mudanza en tí no cabe,

    que aunque esto mi amor lo sabe

    lo escucharé una vez más.

    ZÁIRA. Mi acento te lo asegura,

    sólo tú mi dicha labras;

    ¿cómo hablar dulces palabras

    quien llena está de amargura?

    ABEN-AMIR. De amor sin saber el nombre

    yá nos juramos cariño

    y fuiste la fé del niño,

    luégo la ambición del hombre.

    Tú eras naciente capullo[10]

    oculto á traidor halago,

    y era yo dormido lago

    de dulce y blando murmullo.

    ZÁIRA. La flor levantó su frente….

    ABEN-AMIR. Y el lago fué despertando….

    ZÁIRA. Los dos lo mismo anhelando.

    ABEN-AMIR. Respirando el mismo ambiente.

    ZÁIRA. Hoja no tiene la flor

    que á tu acento no responda.

    ABEN-AMIR. No tiene el lago una onda

    que no murmure tu amor.

    ZÁIRA. Aben-Amir, ¡qué tormento!

    ¿Oirá el ruego que le hice,

    y libre…?

    ABEN-AMIR. Que nó, me dice

    un triste presentimiento,

    Záira.

    ZÁIRA. ¿Tanto desconfías?

    ABEN-AMIR. Mucho.

    ZÁIRA. Esa duda me mata.

    ABEN-AMIR. ¿Destino que así nos trata

    nos puede dar alegrías?

    Tal vez sepulcro invisible

    hay abierto á nuestros piés.

    ZÁIRA. ¿Yá, para nosotros, es

    toda ventura imposible?

    ABEN-AMIR. Con tu acento más enciendes

    el afán que me devora.

    ZÁIRA. De aquí salgamos ahora;

    vén conmigo….

    ABEN-AMIR. ¿Qué pretendes?

    ¿Olvidas que una prisión

    me reclama, Záira mia?

    ZÁIRA. Llegó de romperla el dia:

    huyamos de esta mansión.

    Vén, ¿se atreverán, acaso,

    á detenerme?

    ABEN-AMIR. ¡Y lo duda!

    ZÁIRA. Vamos yá, mi amor te escuda…

    (Van á salir.) Soto

    ESCENA X.

    DICHOS: GARCI PEREZ, por el foro.

    GARCI PÉREZ. Atrás.

    ZÁIRA. ¡Garci Pérez!

    GARCI PÉREZ. ¡Paso!

    ¡Vuestras palabras oí…. (Con furor.)

    yá lo sé todo…. villanos…

    os amáis…. no sois hermanos….

    y me has engañado así!

    ZÁIRA. ¡Garci Pérez!

    GARCI PÉREZ. Juro á Dios

    tomar venganza cumplida,

    que está en mi mano la vida

    y la suerte de los dos.

    ZÁIRA. Tu noble piedad imploro (Suplicante.)

    ABEN-AMIR. ¿Por qué nos amenazáis?

    GARCI PÉREZ. ¡Porque la amo!

    ABEN-AMIR. ¡Que la amáis! (Aterrado.)

    GARCI PÉREZ. ¿Amarla? Nó, nó; la adoro.

    La adoro; por ella vivo.

    ¡Mirad que amor debe ser

    este, que me hace tener

    envidia de mi cautivo!

    Venturoso Aben-Amir,

    Záira, que alientas su amor,

    mi cólera y mi dolor

    os tengo de hacer sentir.

    ZÁIRA. ¿Qué dices?

    ABEN-AMIR. ¿Preso y vencido

    no os basta yá contemplarme,

    y también queréis robarme

    lo único que aún no he perdido?

    ¿Así me queréis quitar,

    en mi desdicha inaudita,

    lo que á ninguno se quita,

    hasta el derecho de amar?

    GARCI PÉREZ. Quiero, sí, no es culpa mia,

    quiero de su amor la palma,

    porque ella vive en mi alma

    vertiendo luz como el dia.

    Y hoy descubro su traición,

    y eres tú su dueño amado…. (Van á habiarle.)

    Nada digáis…. Se ha trocado

    en odio la compasión.

    ZÁIRA. Escúchame, por piedad,

    y no dejes que así muera.

    ABEN-AMIR. ¡Záira! (Con enojo.)

    ZÁIRA. Por la vez postrera

    te pido su libertad.

    ABEN-AMIR. ¡No ruegues!

    ZÁIRA. Tal beneficio

    rendida espero á tus pies.

    ¡No es amor el que no es

    capaz de algún sacrificio!

    GARCI PÉREZ. ¡Aparta!

    ZÁIRA. Mi pecho estalla,

    y tú lo tienes de roca.

    GARCI PÉREZ. Una palabra en tu boca

    escuche, y es libre, (con intención.)

    ZÁIRA. ¡Calla!

    GARCI PÉREZ. ¡Da al olvido esa pasión!

    ABEN-AMIR. ¡Nunca esperes que sucumba!

    ZÁIRA. ¡Nó: tal vez hasta en la tumba

    dé calor al corazón!

    GARCI PÉREZ. Pues bien; yá que tu firmeza

    pretendo en vano abatir,

    no serán de Aben-Amir

    tu cariño y tu belleza.

    Él, cual yo, te perderá;

    sola saldrás con tu llanto,

    y ese, ese que adoras tanto

    la cadena arrastrará.

    ABEN-AMIR. ¡Yo esclavo!

    ZÁIRA. ¡Terrible suerte!

    ABEN-AMIR. Te engañas: libre he de ser.

    GARCI PÉREZ. Tú!

    ABEN-AMIR. ¡No alcanza tu poder

    á hacer esclava á la muerte!

    ZÁIRA. ¡Morir!

    ABEN-AMIR. Záira, por favor,

    aléjate.

    ZÁIRA. ¡Alá me asista!

    ABEN-AMIR. Sí, no añadas con tu vista

    más dolor á este dolor.

    GARCI PÉREZ. Á la pasión que arde en mí

    hoy vuestra ventura inmolo. (Con desesperación.)

    Yo también quedaré solo

    cuando te alejes de aquí.

    Él te pierde, yo te pierdo;

    pero es más grande mi pena,

    porque él no duda, que llena

    tu mente con su recuerdo.

    Y yo sé que si al dejarme

    te merezco una memoria,

    no será para mi gloria,

    será sólo para odiarme.

    (Se apoya en la mesa, ocultando el rostro.)

    ABEN-AMIR. Adiós por siempre, bien mio,

    regresa al África ardiente:

    cuando ilumine tu frente

    el rojo sol del estío,

    sus rayos abrasadores

    te evitarán placenteras,

    con su sombra, las palmeras

    que plantaron mis mayores.

    ZÁIRA. ¡Adiós!

    ABEN-AMIR. ¿Me dejas?

    ZÁIRA. Los dos

    separados vivirémos….

    ABEN-AMIR. Nunca nos olvidarémos.

    ZÁIRA. ¡Nunca!

    ABEN-AMIR. ¡Nunca!

    ZÁIRA. ¡Adiós!

    (Llega á la puerta del foro, donde se detiene llorando )

    ABEN-AMIR. ¡Adiós!

    ¡Mátame! (volviéndose á Garci Pérez.)

    GARCI PÉREZ. ¿Matarte?

    ABEN-AMIR. Sí,

    pronto, completa tu obra,

    porque la vida me sobra

    sin ella….

    GARCI PÉREZ. ¡También á mí!

    Esperad…. ¿Qué es lo que siento?

    Estoy loco…. Ella…. ¡Dios mio!

    ¿Y voy á ser tan impío

    que me goce en su tormento?

    ¡Nó! Que llena de dulzura

    mi voz en su pecho vibre….

    Podéis salir…. Estáis libre.

    ABEN-AMIR. ¡Ah! ¿Qué has dicho?

    ZÁIRA. (viniendo al proscenio)

    ¡Qué Ventura!

    ¡Oh, gracias!

    GARCI PÉREZ. Dejadme, á solas,

    llorar muertas ilusiones….

    ¡que de este mar de pasiones

    no se desbórden las olas!

    ¿Yo iba á hacer, en mi egoísmo,

    tan grande vuestro dolor?

    ¡Mira si soy vencedor

    que hasta me venzo á mí mismo!

    ZÁIRA. ¡Oh! Mi eterna bendición

    te irá siempre acompañando:

    las que ahora estoy derramando

    lágrimas de dicha son.

    ABEN-AMIR. Te admiro; noble en la lid

    ¿cómo en la paz no lo fueras?

    GARCI PÉREZ. Záira, Aben-Amir, ¿qué esperas?

    ¿Qué esperáis? Salid, salid.

    No hagáis que en ruda porfía

    conmigo otra lucha emprenda,

    que no sé si en la contienda

    otra vez me vencería.

    ABEN-AMIR. Adiós.

    ZÁIRA. Adiós.

    GARCI PÉREZ. Adiós yá.

    (Vánse Záira y Aben-Amir por el foro.)

    ¡Último adiós que me espanta!

    ¡Qué tristes ecos levanta

    en mi corazón…! ¡Se va!

    Amor, quiero que te escondas

    donde paz al alma ofrezcas;

    si te busco, no parezcas;

    si te llamo, no respondas.

    ESCENA XI.

    GARCI PEREZ, BERMUDO.

    BERMUDO. Señor….

    GARCI PÉREZ. Libertad le di.

    BERMUDO. ¿Y esa mujer…?

    GARCI PÉREZ. Era ella:

    aquí la trajo mi estrella….

    ¡Amor, no salgas de aquí!

    ¡Amor, que en mí fuiste yerro,

    confunda el cielo mi frente

    cuando profanar intente

    esta tumba en que te encierro!

    FIN.

    Preguntas de discusión

    1. ¿Cuáles son los temas principales de esta obra?
    2. ¿Cómo se describe la guerra en este drama? ¿Y el amor?
    3. ¿Cuáles personajes son los más simpáticos, y los más antipáticos? ¿Por qué?
    4. ¿Es su obra una buena representación del romanticismo? ¿Por qué, o por qué no?
    5. ¿Cómo funciona el tema de religión en esta obra?

    1. Este texto es reproducido de: Velilla y Rodríguez, Mercedes de. El vencedor de sí mismo: cuadro dramático en un acto y en verso. Madrid : Administración Lírico-dramática, 1876. archive.org.
    2. En el año 1248, Fernando III conquistó la ciudad de Sevilla, durante la época de la Reconquista.
    3. El rey Fernando III, también conocido como San Fernando, conquistó varias ciudades musulmanas durante su reino («Ferdinand III»).
    4. Axataf fue el nombre del caíd (gobernador) de Sevilla en el momento de la conquista por Fernando III.
    5. Proscenio: Parte del escenario de un teatro más inmediata al público.
    6. Aspereza: Resentimiento arraigado y tenaz (Diccionario de la lengua española)
    7. «En pos de» significa «en búsqueda de» o seguimiento.
    8. Esta escena es un soliloquio, que se utiliza comúnmente para expresar las emociones de un personaje a la audiencia
    9. Caudillo: jefe absoluto de un ejército. (Diccionario de la lengua española)
    10. Capullo: botón de las flores, especialmente de la rosa. (Diccionario de la lengua española)
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